¡Échate un cuento!

Échate un cuento, es un proyecto que pretende motivar y fomentar el hábito lector entre la población adulta en su tiempo libre y/o de ocio.

Podrás disfrutar de los cuentos a través de la lectura y la narración oral, y al finalizar esta edición tendrás a tu alcance un audiolibro con los cuentos en los que habrás podido participar.

A continuación podrás leer tres cuentos que sólo estarán disponibles hasta el 20 de abril. Una vez hayas leído los tres, tendrás que votar el cuento que más te haya gustado. El jueves 22 de abril a las 18.00 tendremos una sesión de cuentacuentos en la Biblioteca de Fasnia, a la que podrás acudir y además de disfrutarla, el cuento ganador será grabado y pasará a formar parte de un audiolibro.

Anímate y sé parte de ¡Échate un cuento!

El perro de Goya en Beirut

TRECE HORAS antes de que el perro semihundido asomase la cabeza por encima de aquel montón de tierra, Fairuz Mernisi se levantaba, como todas las mañanas, para ir a la escuela.

Su madre la obsequió al despertarse con una enorme sonrisa y humeante tazón de leche.

DOCE HORAS antes de que el perro alzase la cabeza para contemplar la devastación, Fairuz salió de casa vestida de colegiala; llevaba en una cartera los cuadernos con los deberes hechos la víspera.

Ella y su madre recorrieron el camino hacia la escuela cantando una canción que hablaba de ratoncitos blancos.

ONCE HORAS antes de que el perro meditase, asombrado una vez más, sobre la brutal explosión que había arrasado la plaza, Fairuz practicaba con sus compañeros de clase la tabla de multiplicar.

Siete por siete eran en Beirut lo mismo que en otras partes del mundo y, como en otros lugares del planeta, la maestra se afanaba para que aquel ejercicio rutinario diese normalidad a un día que no tenía nada de corriente.

DIEZ HORAS antes de la mirada de asombre del perro semihundido, y ante la ausencia de algunos maestros y alumnos, en la clase de Fairuz se anticipó la hora del recreo. Por espantar los miedos, la maestra explicó lo que esos días estaba ocurriendo en la ciudad. La mirada de los niños era severa y, ante su silencio, la mujer les invitó a que pintaran en la pizarra lo que habían visto o de lo que habían oído hablar.

Sin pronunciar palabra, varios dibujaron las puntiagudas siluetas de los F-16 y los efectos de sus vuelos sobre la ciudad.

Cuando le llegó el turno a Fairuz, no quiso pintar aviones ni edificios destruidos, sino un puente.

NUEVE HORAS antes de que el perro, con las patas hundidas en la tierra, mirase hacia la cima del montón de escombros, la escuela de Fairuz trató de hacer lo de todos los días pero no pudo, porque el fragor de las sirenas quebró el hábito de la mañana, y los niños de cada aula se pusieron en pie pegados a la pared, como estaban advertidos.

La maestra, cuando fue su turno, se dirigió con sus alumnos hacia el gimnasio, donde estaban ya niños y profesores de otros cursos. Allí pasaron cerca de una hora. Los más pequeños lloraban, pero los mayores, como Fairuz, jugaban a las adivinanzas o a las rimas en pequeños grupos.

OCHO HORAS antes de sorprender las pupilas centelleantes del perro tras el montón de tierra, la directora de la escuela entró en el gimnasio. Se dirigió hacia algunos maestros, y otros adultos hicieron un corro a su alrededor. Los niños no pudieron oír: “Ha sido en Ouzaei, en el sur. Los aviones se han ido. Volvemos a las clases“.

A una palmada de los profesores, los niños se alzaron del suelo y se ordenaron en disciplinadas filas, dispuestos para subir a las clases.

SIETE HORAS antes de que el perro mirara hacia arriba, con los oídos aturdidos, la maestra escribió en la pizarra los deberes para el día siguiente. El primer ejercicio fue: “Escribe una carta de una página a un familiar lejano, en la que le felicites por su cumpleaños”. El segundo: “Haz una lista con seis palabras que expresen alegría y tres que indiquen tristeza”. Eso era todo. Deseó a sus alumnos que descansaran, que durmieran bien y que tuvieran cuidado. Se despidió de cada uno en la puerta de la clase, con la frase ritual, y cada uno saludó con respeto.

A la salida esperaban madres ansiosas por llevar a sus hijos a casa. No se entretuvieron por el camino. No hicieron compras, porque casi todos los establecimientos estaban cerrados a esas horas, la mayoría por falta de abastecimiento. La madre de Fairuz preguntó a su hija qué tal le había ido la mañana, aparentando rutina. La niña no habló de la alarma.

SEIS HORAS ante de que el perro soltase un gruñido compungido, Fairuz y su madre acabaron de comer. Mientras la mujer fregaba los cacharros, la niña encendió el televisor. Al poco se quedó dormida, tendida en el sofá. Llavaba tres noches de sueño irregular.

Ni siquiera despertó cuando su madre la llevó en brazos hasta su habitación, que dejó en penumbra, bajando la persiana y cerrando las ventanas para que no llegaran hasta allí los ruidos de la calle.

CUATRO HORAS antes de la explosión que dejó aturdido y casi ciego al perro de patas semihundidas, se oyó el chiquichaque de la cerradura, y entró el padre de Fairuz. Su mujer salió a la puerta y le indicó con un gesto que no hiciera ruido, para no despertar a la niña. Cuchichearon en la cocina, con la puerta cerrada, sobre la angustia vivida con las sirenas de media mañana, e intercambiaron impresiones sobre la marcha de los acontecimientos.

Él puso agua al fuego para preparar un té, mientras ella colocaba la tetera y las tazas. Por suerte, tenían provisiones para más de una semana, y las garrafas de agua estaban llenas. Nunca se sabía cuándo se podía cortar el suministro. Peor era que faltasen el gas, o la electricidad, se dijeron sin decirse nada.

TRES HORAS antes que el misil impactase en la plaza y causase el pavor del perro, Fairuz despertó. Entró en la cocina, dio a su padre un beso y se sentó en sus rodillas. Él le preguntó cómo había ido el día, qué habían hecho en el colegio, qué cosas nuevas había aprendido.

La niña no habló de los dibujos de la pizarra, ni de la alarma aérea, ni de la ausencia de algunos niños, ni del llanto de los pequeños mientras esperaban en el gimnasio. Tras un rato de conversación, dijo que iría a su cuarto a hacer los deberes.

DOS HORAS antes de que el perro caminase hacia la montaña de escombros, antes de fijar su mirada en un punto que aún no podemos adivinar, Fairuz acabó de hacer sus deberes.

Luego, tomó una hoja de papel y pintó en ella el puente que veía desde su ventana, el que había dibujado a medias en el colegio. Quizá ese puente fuera volado en un próximo bombardeo, porque las noticias hablaban del peligro de que la aviación destruyese edificios estratégicos de la ciudad, y ese era uno de sus lugares favoritos. Había que era antiguo, pero para ella ese no era su principal valor.

UNA HORA antes de que el perro, con las patas semihundidas, la mirada vidriosa y los oídos aturdidos, mirase hacia la cima del montón de escombros, con la luz de los incendios reflejada en la pared que había tras él, Fairuz pidió permiso a su padre para bajar a jugar a la plaza.

Su madre se adelantó y dijo que no; que estaba anocheciendo, y que era peligroso estar en la calle. Pero su padre miró por la ventana del segundo piso y la tranquilizó: “Mujer, no hay peligro. En este barrio no hay nada que tenga interés para los aviones. Además, hay otros niños jugando abajo. No podemos estar encerrados siempre…“.

Fairuz consiguió el permiso, pero, antes de bajar las escaleras, la madre avisó: “Fairuz, cariño, ya sabes… Si se oyen las sirenas, sube enseguida“. “Sí mamá“, dijo ella.

La hora que transcurrió hasta que llegó el misil, Fairuz jugó con otros niños en la plaza.

El barrio, es cierto, era simplemente una zona residencial.

En el parque de verdes ajados y columpios herrumbrosos, dos grupos de ancianos y varios de niños aprovechaban la tibieza del tiempo que precede del anochecer.

Entonces, apareció el perro.

No llevaba collar y parecía viejo, muy viejo.

Fairuz fue la primera en verlo y, al cruzar su mirada con la del animal, supo que a ambos les unía un hilo de aflicción. Tacharía “Silencio” de su lista de palabras tristes y la sustituiría por “Mirada de perro”.

El animal lamió los pies de la niña mientras se dejaba acariciar. Debía demostrarle confianza y estaba acostumbrado a ello.

Luego, a pesar de que se sentía cansado y viejo, se puso a jugar. Primero, dando pequeños brincos; luego, mediante ladridos que invitaban a las persecución.

Cuando otros chicos de la plaza vieron que Fairuz jugaba con él, se acercaron.

Pronto, el animal tomó un objeto con sus dientes y lo dejó a los pies de un niño; este lo lanzó hacia un lugar, y el pero fue a buscarlo para dejarlo a los pies de una niña.

Los chicos entendieron.

El juego se prolongó mucho timepo y cada vez era mayor el entusiasmo de los pequeños, que ahora eran más de quince. El perro, aunque era viejo y se notaba cansado, sabía que aquello era necesario.

En un momento determinado, el perro supo que, en un lugar distante, dos soldados acababan de introducir en una máquina cruel las coordenadas del lugar en que debía caer un misil.

El animal acomodó el ritmo del juego a un reloj interior que determinó la trayectoria del cohete y el momento exacto en que estallaría.

Poco a poco, en ese juego, fue sacando a los niños de la plaza, pero ellos no se dieron cuenta.

Cinco segundos antes de la explosión, el perro y la turbamulta de niños estaban a salvo en el callejón de un edificio cercano.

Ante los misiles que vuelan a baja altura no se activan las sirenas.

Primero se oyó un siseo…

… y, luego, una terrible explosión que pulverizó el cemento esparció por el aire toneladas de tierra y paralizó a los niños.

Mientras estos gritaban aturdidos y aterrorizados, el perro se asomó a la plaza.

Las patas del perro se hundían en el suelo reventado. Los oídos le dolían y el fragor del incendio que siguió hería sus pupilas.

Miró a través del montón de escombros y trató de ver si los edificios en los que habitaban Fairuz, Hassna, Liman, Souad… estaban indemnes. Todavía no pudo verlo, a través del humo de la explosión.

El animal pensó con pavor que, una vez más, durante un día de guerra más, había conseguido salvar por poco a un grupo de niños. Al menos, de momento.

Cuentos crudos, de Ricardo Gómez

Editorial SM

El árbol de lilas

UNO

Él se sentó a esperar bajo la sombra de un árbol florecido de lilas.

Pasó un señor rico y le preguntó:

─ ¿Qué hace usted, joven, sentado bajo este árbol, en lugar de trabajar y hacer dinero?

Y el hombre le contestó:

─ Espero.

 

Pasó una mujer hermosa y le preguntó:

─ ¿Qué hace usted, hombre, sentado bajo este árbol, en lugar de conquistarme?

Y el hombre le contestó:

─ Espero.

 

Pasó un chico y le preguntó:

 

─ ¿Qué hace usted, señor, sentado bajo este árbol, en vez de jugar?

Y el hombre le contestó:

─ Espero.

 

Pasó la madre y le preguntó:

─ ¿Qué haces, hijo mío, sentado bajo este árbol, en vez de ser feliz?

Y el hombre le contestó:

─ Espero.****

 

DOS

Ella salió de su casa dispuesta a buscar.

Cruzó la calle.

Atravesó la plaza.

Y pasó junto al árbol florecido de lilas.

Miró rápidamente al hombre.

Al árbol.

Pero no se detuvo.

Había salido a buscar.

Y tenía prisa.

 

Él, con una sonrisa, la vio pasar. Alejarse. Hacerse un punto pequeño. Desaparecer.

Y se quedó mirando el suelo nevado de lilas.

 

Ella fue por el mundo a buscar.

Por el mundo entero.

 

En el Norte había un hombre con los ojos de agua.

Ella preguntó:

─ ¿Eres el que busco?

─ No lo creo. Me voy ─dijo el hombre con los ojos de agua.

Y se marchó.

 

En el Este había un hombre con las manos de seda.

Ella preguntó:

─ ¿Eres el que busco?

─ Lo siento. Pero no. ─dijo el hombre con las manos de seda.

Y se marchó.

 

En el Oeste había un hombre con los pies de alas.

Ella preguntó:

─ ¿Eres el que busco?

─ Te esperaba hace tiempo. Ahora no –dijo el hombre con los pies de alas.

Y se marchó.

 

En el Sur había un hombre con la voz quebrada.

Ella preguntó:

─ ¿Eres el que busco?

─ No. No soy yo –dijo el hombre con la voz quebrada.

Y se marchó.****

 

TRES

Ella siguió por el mundo buscando.

Por el mundo entero.

Una tarde, subiendo una cuesta, encontró a una gitana.

La gitana la miró y le dijo:

─ El que buscas te espera en el banco de una plaza.

 

Ella recordó al hombre con los ojos de agua.

Al hombre que tenía las manos de seda.

Al de los pies de alas.

Y al que tenía la voz quebrada.

Y después se acordó de una plaza.

Y de un árbol con las flores lilas.

Y de aquel hombre que, sentado a su sombra, la había visto pasar con una sonrisa.

 

Dio media vuelta y empezó a caminar sobre sus pasos.

Bajó la cuesta.

Y atravesó el mundo.

El mundo entero.

Llegó a su pueblo.

Cruzó la plaza.

Caminó hasta el árbol florecido de lilas.

Y le preguntó al hombre que estaba sentado a su sombra:

─ ¿Qué haces aquí, sentado bajo este árbol?

 

El hombre que estaba sentado en el banco de la plaza le dijo, con la voz quebrada:

─ Te espero.

Después levantó la cabeza.

Y ella vio que tenía los ojos de agua.

Le acarició la cara.

Y ella supo que tenía las manos de seda.

La invitó a volar con él.

Y ella supo que tenía también los pies de alas.

 

FIN

María Teresa Andruetto

La casa del diablo

Había una vez, no hace mucho tiempo, un rico y mezquino campesino que compró por muy poco dinero tierras en el barranco de Los Palmitos, en Arucas. De él, decían que era incluso más listo… que el mismísimo diablo. Era tan rácano que compró en lo más recóndito del barranco porque en ese lugar las tierras eran las más baratas de toda la comarca.

Allí, quiso construir una vivienda con un gran almacén que le serviría para guardar toda la labranza que consiguiera recolectar de sus tierras, pero… no encontró quien se la construyera por lo que pretendía pagar.

Pasaron los meses y la casa seguía sin construirse, y pronto llegarían las lluvias y el rico campesino no tendría donde guardar sus cosechas. Una tarde fría, de finales de septiembre, un forastero, de extraño caminar, alto y lúgubre, vestido de negro, llegó al lugar, se presentó al acaudalado campesino, y, después de mucho tira y afloja, llegaron a un acuerdo en la construcción de la casa y el almacén.

Al acuerdo que llegaron… fue que el forastero construiría en lugar de una casa y un almacén, dos casas y un almacén. Que empezaría por el almacén, y así, el campesino podría guardar sus cosechas antes que comenzaran las lluvias. Que después, construiría la primera casa para que el campesino pudiese alojarse allí cuando lo deseara después de las duras jornadas de trabajo en el campo, y, que finalmente, construiría la segunda casa, ésta mucho más modesta que la primera… pero suficiente para alojar a un ya viejo forastero que quería echar raíces, y que la segunda casa y el derecho a usar parte de la cosecha almacenada sería el pago que recibiría.

El campesino era tan avaro que antes de cerrar el acuerdo puso una condición,

— Sólo podrás trabajar de noche–

El forastero había escuchado lo rico, avaro y mezquino que era el campesino, y puso como última condición… que si terminado el trabajo, se le ocurría no cumplir con su parte de regalarle la segunda vivienda y parte de la cosecha almacenada, entonces, el alma del rico usurero se la llevaría el diablo.

Y de esta manera tras un fuerte apretón de manos y cerrar el acuerdo, aquella misma noche el forastero se puso manos a la obra.

Se oían ruidos lejanos y los vecinos se preguntaban de donde venían aquellas voces tenebrosas que decían:

— “piedra… agua… barro…”, “piedra… agua… barro…”

Tal era el temor de los campesinos que no osaron siquiera asomarse a las ventanas y se pasaron la noche rezando.

La obra a punto de terminarse, almacén, una gran casa y una segunda casa algo más modesta le faltaba por colocar la última piedra, aquella que iba sobre el pórtico de la segunda casa, cuando el forastero fue sorprendido por el kikiriki del gallo y el despuntar del alba, y es que un pacto es un pacto, así que cesaron los ruidos y callaron las voces, quedando la obra a punto de terminarse, el forastero se fue a descansar para dar por acabada la obra a la noche siguiente.

Los vecinos, todavía temerosos, se fueron asomando lentamente hasta contemplar, pasmados, que en un lugar que la víspera estaba vacío había una nueva construcción de dos casas y un gran almacén a la que sólo le faltaba una piedra.

Y es que el forastero realmente era el diablo, y sabía… que pronto tendría una nueva alma que le serviría y una morada donde pasar las noches.

El rico campesino, se acercó a ver como iba el trabajo y se dio cuenta que… el forastero con quien había hecho tratos… era el mismísimo diablo, y que, al día siguiente, cuando… la última piedra estuviese colocada en su sitio, tendría que darle una vivienda y parte de su cosecha tal como habían pactado, o de lo contrario, su alma le pertenecería. Así que, temeroso por tales pensamientos, convenció a sus vecinos… que aquello… era obra del maligno, y que solo… derruyéndolo… evitarían que el diablo viviese en aquellas tierras, y así hicieron.

Cuentan los viejos del lugar, que a la noche siguiente… el forastero llegó para dar por cumplida su obra, encontrándose con su trabajo derruido, y es que, si el diablo era capaz de construir un almacén y dos casas en una noche, ¿por qué no iba a ser capaz el hombre de destruirlo en un día?, por lo que… comenzó nuevamente a fabricar lo pactado, se puso manos a la obra.

Escuchándose los ruidos lejanos y las voces tenebrosas:

— “piedra… agua… barro…”, “piedra… agua… barro…” –

Ahora los vecinos, si a la noche anterior no se atrevían a mirar por las ventanas, sabiendo que aquello era cosa del diablo corrían a esconderse en lo más recóndito de sus casas esperando que el diablo no fuese a reclamar sus almas.

Y justo, cuando le faltaba por colocar la última piedra al forastero, aquella que iba sobre el pórtico de la puerta de la segunda casa, se encontró… con que le faltaba esa piedra, y por más que la buscaba no aparecía viéndose sorprendido por el kikiriki del gallo y el amanecer de un nuevo día, teniendo que dejar nuevamente inacabada su tarea.

Cuentan los viejos del lugar, que el rico campesino, aprovechando mientras sus vecinos derruían el trabajo del forastero, agarró una piedra, y se la llevó para esconderla donde no la encontrase ni el diablo, y de esta manera… dejar cada noche la obra inacabada,

Cuentan, que, desde entonces, nadie consiguió poner la piedra que faltaba, y por las noches… si agudizas el oído en la oscuridad del barranco de Los Palmitos, oirás voces tenebrosas que dicen:

— “piedra… agua… barro…”, “piedra… agua… barro…”

LEYENDA CANARIA

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Presentación Échate un cuento

"Échate un Cuento"

#Échateuncuento en la

Biblioteca de Fasnia.

PRESENTACIÓN

El próximo 22 de abril a las 18.00

participa de una sesión de cuentos de una forma diferente.

Visita la Agenda de Échate un Cuento

Colaboradores

ORGANIZA

Bibliotecas de Fasnia
Ayuntamiento de Fasnia

AYUNTAMIENTO FASNIA

CONCEJALÍA DE CULTURA

Contenidos cedidos por Editorial SM

SM colabora en este proyecto dotando de materiales para que algunos de los cuentos que aquí puedas leer te guíen, te inspiren y te enseñen, y así fomentar el gusto por la lectura y transmitir unos valores humanos, sociales y culturales ayudando a mejorar el mundo que nos rodea.

¿Quieres asistir o participar en "Échate Un Cuento"?

Lee los tres cuentos, vota el que más te guste y asiste a una sesión a escucharlos y donde podrás participar en su grabación

#echateuncuento